
El vínculo entre Rosario Central y el Ferrocarril Central Argentino (FCCA) es innegable. El nombre del club en su origen fue el de la empresa ferroviaria de capitales británicos Central Argentine Railway, ya que en esa misma compañía trabajaban los socios que le dieron vida a Central. Los primeros campos de juegos dependieron de la generosidad y el capricho de las altas cúpulas del Central Argentino y las finanzas del club eran manejadas por un instituto ferroviario que hacía de nexo y control al mismo tiempo. Los máximos gerentes eran miembros honorarios del Club y solamente podían ser socios los empleados del ferrocarril. El recién nacido Rosario Central necesitaba al Ferrocarril para dar sus primeros pasos y la empresa no veía con malos ojos que sus empleados practiquen deportes en lugar de gastar su jornal en ginebras.
Para quienes estaban dentro de los talleres el Central era parte misma de la empresa y la empresa era parte del Central. Desde afuera la imagen no era muy distinta, el nexo entre club y ferrocarril también se veía muy fuerte, ya que, por ejemplo, Rosario Central primero fue conocido en el ambiente deportivo local como el Club de los Talleres y luego directamente como Talleres. Parecía que Central y el Ferrocarril eran uno solo. Pero las cosas no eran tan así, no todo era color de rosa en la relación entre Rosario Central y la compañía británica.
El primer choque entre las dos partes se produjo en lo que podríamos denominar como «prehistoria centralista» y nos sirve para entender donde se originó el tire y afloje entre el Club y la empresa inglesa. Es muy probable que el Club del Central Argentino haya tenido sus primeras acciones deportivas en los primeros talleres que tuvo el Ferrocarril en la vieja Rosario de Santa Fe y que se encontraban cercanos al río, en el nacimiento mismo de la calle Balcarce. En esos terrenos de vías y galpones los trabajadores ingleses comenzaron a patear el balón y a correr tras la pelota de criquet luego del horario laboral y en las jornadas festivas. Esto se dio hasta el año 1886, cuando comenzó la mudanza de aquellos talleres hacia el nuevo espacio en los suburbios del norte, en las tierras que había comprado el FCCA para establecer sus nuevos galpones. Hacía allá fueron entonces los fundadores de Central y desde ese momento comenzó el ninguneo de los oficinistas de la Estación Central hacia el equipo que, a pesar de tener el mismo nombre que la empresa, ya no sentían como propio. Para gran parte de ellos ese equipo que habían visto nacer cerca de la estación, pasó a ser simplemente “El club de los talleres”.
Ya establecidos en los arrabales norteños, los pioneros centralistas organizaron el Club a fines de 1889 y solicitaron a sus jefes, una porción de tierra para poder desplegar las actividades deportivas. Se les asignó un terreno que estaba más allá del límite este de los talleres, pasando el portón cuatro y yendo hacía el río, pero que igual pertenecía a la compañía inglesa. Allí estuvieron los ferroviarios del Central posiblemente desde 1890 hasta 1894, cuando la empresa desalojó a sus deportistas y estos terminaron pidiendo el préstamo de una plaza, un sitio ubicado frente al portón uno de los talleres, en un sector que era propiedad de Hermann Oldendorff. Por lo que se ve, en ese momento el Central Argentino no solo le sacó la cancha al Club fundado por sus trabajadores. Tampoco les brindó un nuevo espacio, a tal punto que tuvieron que recibir el favor de alguien que no pertenecía al Ferrocarril.
La generosidad del empresario alemán duró hasta fines de 1902 cuando loteó sus tierras. Nueva mudanza del Club que terminó radicándose a una cuadra del Cruce Alberdi, en una parcela que era en parte propiedad del Ferrocarril y por otro lado pertenecía a la familia Sanguinetti. El permiso para ocupar aquel lugar fue otorgado por la empresa en diciembre de 1902, justo en momentos en que comenzaron a llegar empleados trasladados desde Campana y que habían sido trabajadores de la empresa Buenos Aires & Rosario. Muchos de estos no solo pasaron a trabajar en Rosario para el Central Argentino, también se unieron a las filas del Central Argentine Athletic Club, provocando una revolución societaria que consiguió establecer no solo el cambio de nombre y de color, también fueron artífices de un hecho que marcaría para siempre la relación entre el Club y el Ferrocarril: partir de 1903 se permitió que personas ajenas a la empresa puedan ingresar como socios.
Si la empresa soñaba en su momento con ver a sus empleados correteando tras una pelota dentro de un privilegiado club con ambiciones victorianas, la decisión de dejar entrar a extraños rompió con ese elitista deseo de exclusividad. Para colmo de males Central empezaba por esos años una competencia más asidua de fútbol y al tener tanto protagonismo en la liga local, comenzó a tener más y más seguidores, fieles simpatizantes que eran ni más ni menos que los vecinos del lugar, los humildes trabajadores de la zona del Cruce Alberdi, los hijos de inmigrantes que se colaban bajo la lona que bordeaba la cancha, las mujeres que gritaban embravecidas contra todo oponente circunstancial. Eso a los flemáticos ingleses del Central Argentino no les cayó nada bien.
Para ejemplificar aquel contraste de ideas voy a volcar en esta nota una historia que me contó el descendiente de uno de los socios fundadores de Rosario Central. Con la fusión de las empresas ferroviarias, iniciada en 1902, no solo arribaron empleados desde Campana, sino que varios trabajadores de los talleres de Rosario fueron enviados a Buenos Aires y a otros destinos pertenecientes al Central Argentino. Uno de ellos fue este socio fundador, del cual me reservo el apellido para no incomodar a su familia, por obvias razones que entenderán al final de esta historia. Aquel inglés dejó nuestra ciudad poco antes de 1910 y se estableció con su mujer y sus cuatro hijos en un barrio ferroviario del oeste de la Capital Federal. El tiempo pasó y a principio de los años veinte su primogénito tuvo la oportunidad de volver a Rosario, al poblado que lo viera nacer. Ni bien puso un pie en la pujante ciudad portuaria, una de las primeras cosas que hizo fue dirigirse al club que su padre ayudara a fundar treinta y pico de años atrás junto con otros compañeros de los talleres. Sin embargo, el apocado James tuvo una sorpresa mayúscula al llegar a la cancha centralista. La imagen de aquel bucólico y exclusivo club ferroviario, del cual su padre le había contado tantas historias, se desmoronó de inmediato ante la impactante imagen de la muchedumbre embravecida que caracterizaba ya desde entonces a Rosario Central. Tal demostración de pasión popular fue demasiado para el atribulado descendiente de ingleses, que no dudó en cruzar de vereda. Terminó haciéndose hincha y socio de Newell’s Old Boys, un club por entonces más a la medida de su impronta «british». A partir de ese momento esa rama de la familia fundadora de Central pasó a pintarse de rojo y negro.
Aunque la prueba más evidente del rechazo de la empresa hacia esa nueva idiosincrasia auriazul, la de la imagen masiva y popular, se dio a comienzos de la década del 20 del siglo pasado. Durante una asamblea de socios centralistas, realizada el 27 de septiembre de 1921, se expuso una curiosa idea elaborada por los altos mandos de la empresa británica: la fundación de un nuevo club que pasaría a denominarse Club Atlético Ferrocarril Central Argentino y que pretendía absorber al viejo Talleres con toda su masa de socios y capital. ¿Se entiende entonces cual era el problema para los jerarcas del Ferrocarril? Rosario Central no era lo que ellos querían, se había transformado por completo. Entonces la solución fue impulsar la creación de otro club que estuviera más acorde a sus preconceptos sociales, borrando al «Club de los Talleres» que ya se les había salido de control. Para los ingleses que manejaban el Ferrocarril Central Argentino, Rosario Central tenía que desaparecer.
La semana que viene vamos a ver como finaliza esta historia, que en este 2025 cumple 100 años.
GERMÁN ALARCÓN
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Gran laburo…. Ya de ahí se notaba quien era pasional y el otro todo lo contrario.