EN TU CARA Y EN TU CANCHA: EL ORIGEN

La Copa Vila de 1928 tuvo un desarrollo muy parejo. A falta de tres fechas eran cuatro los equipos que lideraban la tabla de posiciones: Rosario Central, campeón vigente, Newell’s Old Boys, Belgrano y Nacional, todos con 26 unidades. Dos puntos por debajo se encontraban Tiro Federal y luego con 22 seguía Central Córdoba. Los auriazules se habían sumado al lote de los punteros luego de golear 5 a 1 a Newell’s en Arroyito, algo impensado tras la irregular campaña realizada en la primera rueda. El 2 de diciembre Central cerró el campeonato venciendo a Nacional, en partido que se volvió a jugar ese día ya que el original fue suspendido luego de una gresca generalizada que se originó cuando se agarraron a trompadas los jugadores Miguel y Núñez. Con ese triunfo, los entrenados por el maestro Harry Hayes llegaron a las 30 unidades y tuvieron que esperar a que Newell’s y Tiro Federal completaran el encuentro que tiempo antes se suspendiera por falta de un árbitro oficial.

Si los rojinegros triunfaban había final por la Copa Vila, si no ganaban, Rosario Central obtenía el título máximo. Por ese motivo, gran cantidad de simpatizantes auriazules se unieron a la parcialidad tirolense, cubriendo en su totalidad las populares del estadio del Parque de la Independencia. Ganaba Tiro Federal por 2 a 1, pero una serie de decisiones polémicas hicieron que el árbitro suspendiera el cotejo y que luego la Liga le diera por ganado el partido a Newell’s. La excusa presentada fue que el presidente y el capitán de Tiro Federal cedieron los puntos antes de retirarse a los vestuarios, cosa que fue desmentida por los involucrados. De todas formas, la decisión ya estaba tomada. Los puntos se quedaron en el Parque y de esa forma los dos teams más poderosos de la ciudad tenían que jugar el domingo 16 de diciembre un desempate para saber quién sería el campeón.

Lo primero fue decidir la sede de tan importante encuentro. Según el reglamento vigente, la final debía desarrollarse en una cancha neutral, pero los dos únicos lugares que podían albergar al decisivo desempate eran los estadios de ambos finalistas. El jueves 13 de diciembre se realizó un sorteo, salió favorecido el campo de juego rojinegro y desde ese momento la hinchada centralista comenzó los preparativos para la final. El aliento y los colores auriazules se harían sentir. Los pronósticos futbolísticos estaban equilibrados, pero varios ponían por delante a Rosario Central, ya sea por la regularidad de su andar en la segunda mitad del torneo o por la técnica y el espíritu de lucha que ofrecían los jugadores auriazules. A las 15 horas del domingo 16 de diciembre, una multitud asaltó las boleterías para obtener su entrada.

El acceso a la tribuna oficial, la actual platea con visera inaugurada en mayo de ese año, salía $2. La popular costaba un peso. Para los menores: la oficial $1,50 y la popular $0,50. Los revendedores tuvieron su veranito, aprovechándose de aquellos que preferían pagar 40 o 50 centavos más antes de introducirse en la marea humana que se agolpaba en las boleterías. En las calles aledañas al estadio rojinegro se hacían presentes cada vez más y más banderas azules y amarillas.

Esa tarde Rosario Central formó con: Octavio Díaz; Francisco De Cicco y Ernesto Cordones; Arturo Podestá, José Fioroni y Félix Romano; Ricardo Reol, Armando Bertey, José Podestá, Jacinto Retto y Antonio Miguel. Ingresó el once de Rosario Central y la inmensa masa de hinchas visitantes estalló en gritos y aplausos para animar a sus jugadores. Durante varios minutos, la estruendosa ovación y el agitar de banderas auriazules dieron un marco espectacular a las populares. En ese momento el estadio de Newell’s fue testigo de algo nunca visto, ni escuchado en las canchas rosarinas. Por primera vez, miles de hinchas de Central empezaron a entonar una canción en apoyo a los jugadores. Nació ese día en Rosario el canto de cancha, gracias a la populosa barra centralista.

Distintas fueron las demostraciones cuando se hicieron presentes los jugadores de Newell’s. Fueron vitoreados por la aristocrática tribuna oficial a contrapunto de las populares, donde solo se escuchaban silbidos y algunos aplausos aislados. Tan débil apoyo a los jugadores locales quedó registrado en el Diario Democracia del día posterior a la final: “… faltaba la nota de color, el rasgo de entusiasmo por sus hombres. Durante todo el partido ese público permaneció frío, como con la derrota en el pecho. Únicamente las damas, que estaban en gran número en la cancha, alentaron con sus exclamaciones a los jugadores de Newell’s Old Boys”.

A las 17 horas en punto comenzó la gran final. Partido parejo con ocasiones en ambos arcos. Hasta que al minuto 41, Ricardo Reol puso la pelota en el área de Newell’s y luego de una serie de rebotes el balón le llegó a José Podestá, quien con un fuerte remate venció al arquero Vogler. Pocas veces se vio en los campos de juego rosarinos una explosión de júbilo y delirio tan grande al festejarse la conversión de un gol. Miles de puños se alzaron al cielo. Los pañuelos y sombreros se agitaron al sol. El sueño del campeonato se hacía cada vez más cercano. En el segundo tiempo el nerviosismo se apoderó de los jugadores locales, que buscaron el empate con desesperación. Encima, desde la popular canalla, algunos pícaros empezaron a lucir gomeras que utilizaron para disparar proyectiles sobre el cuerpo de algunos players rojinegros. Hasta que el árbitro Galli pitó el final del partido. ¡¡¡ROSARIO CENTRAL CAMPEÓN!!!

El grito visceral unió a los once jugadores con la gran muchedumbre centralista, que disfrutaba alborozados, viendo como los campeones daban una vuelta triunfal para recibir los saludos tan bien ganados. Luego del descomunal festejo los jugadores de Central dejaron el estadio. Cuando salió José Podestá, autor del gol triunfal, un resentido hincha de Newell’s le pegó una patada en una de sus piernas, justo aquella pierna con la que minutos antes había impulsado la pelota que penetró hasta romper el dolido espíritu rojinegro. El cobarde golpe le causó un gran dolor a Podestá, que en ese mismo lugar recibió las primeras atenciones. A un costado quedó su bolso y del mismo asomaba el botín responsable del único gol del partido. Alguien vio esa reliquia y se la llevó.

Un palo sirvió de mástil y levantándose sobre la multitud, lució orgulloso aquel tesoro que simbolizaba un campeonato. Con el botín en alto, una procesión de miles de centralistas dejó atrás la casa de su clásico rival, quien quedó derrotado y vencido en tan importante final. La multitudinaria caravana tomó por Oroño, cantando y vitoreando por el triunfo. Hasta que llegando a calle Córdoba el grupo decidió dirigirse hacia el centro en lugar de seguir hasta el Cruce Alberdi. Bajaron por Córdoba hasta Mitre y desde ahí a calle San Lorenzo, era obvio que se dirigían a un determinado objetivo. En Mitre, entre San Lorenzo y Urquiza, estaba el bar de los hermanos Della Torre, donde habitualmente se reunían los rojinegros.

A ese lugar se dirigieron los hinchas del campeón para enrostrarles a sus enemigos el título logrado minutos antes en la cancha y en la cara de aquellos. Al llegar los centralistas fueron recibidos primero con insultos y luego con botellazos que volaron de uno y otro lado. Piedrazos, golpes, vidrios rotos por todos lados. Las vidrieras astilladas de los comercios fueron tristes testigos aquella batalla. Hasta hubo un par de disparos al aire para tratar de disuadir a los más revoltosos. La policía se hizo presente y ahí mismo terminó el polémico encontronazo. La manifestación de centralistas no se amilanó y fijó un nuevo rumbo, esta vez hacia el Cruce Alberdi, el barrio del campeón. Siguieron así recorriendo las calles de la ciudad, festejando el histórico triunfo.

En el Cruce los esperaba “EL” hincha de Rosario Central: Don Venancio Fuggini. Fue en el recordado bar de Fuggini, la casa de la hinchada de Central, que miles de aficionados dieron la bienvenida a los jugadores campeones y a la comisión directiva del Club. Los festejos, la música y la gran alegría duraron hasta altas horas de la madrugada. El 30 de diciembre, en el céntrico Bar Los Bancos, se realizó una celebración para agasajar a los jugadores. En aquella multitudinaria reunión se les volvió a rendir homenaje a los once leones que salieron por primera vez campeones en la cara y en la cancha de su clásico rival.

La alegría por el bicampeonato logrado ante Newell’s fue tan grande que hasta el 15 de enero se alargaron las celebraciones. Ese día en el campo del Estadio de Arroyito se realizó un almuerzo criollo. La fiesta empezó temprano, a las 9:30, con un partido muy curioso. Dos equipos, denominados “Alpisteros” y “Ley Seca”, animaron una muy entretenida partida de “fútbol cómico”. Los jugadores, vistiendo variados disfraces, brindaron un espectáculo muy risueño y colorido festejado por todos los concurrentes. El momento emotivo de la jornada fue cuando Zenón Díaz, primera leyenda histórica de Central, fue llevado en andas y aplaudido por todos los que en ese momento le rindieron un merecido homenaje a quien, de paso, era el tío de Octavio, el maravilloso arquero del campeón.

Un mes completo de homenajes y festejos. Tanto se celebró que al final ya parecía lejano aquel 16 de diciembre. Esa gloriosa jornada donde Rosario Central festejó bien fuerte en la cara y en la cancha de su clásico rival. La tarde de los «pecho frios», de la primera canción de cancha y del botín de Podestá. La tarde del Rosario Central que fue bicampeón en la cara y en la cancha de su eterno rival.

GERMÁN ALARCÓN

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Germán Alarcón

Orgulloso rosarino, nacido durante un cálido y glorioso 19 de diciembre. Hijo, nieto y padre de centralistas, autodidacta y apasionado investigador de la más que centenaria historia de Rosario Central.

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