
Las 51.000 almas que hubo en el Gigante de Arroyito no sólo vieron un partido de fútbol sino que también fueron testigos de la historia que escribió Fideo con su pie izquierdo. Será un hecho que se transmitirá de padres a hijos y de abuelos a nietos.
El clásico rosarino es generalmente chato y aburrido en el cual muy de vez en cuando sucede algún hecho extraordinario que lo convierte en inolvidable. El día del abandono, el desempate por la Libertadores 1975, el 3-0 de la semifinal del Nacional 80, el malcorrazo, el duelo por Copa Argentina 2018, el 2-1 del 2013 (el partido que cambió todo), la palomita de Poy y el arzuagazo se vienen rápidamente a la memoria como algunos de los encuentros que quedaron instalados en la memoria colectiva auriazul.
El derby que se jugó en el Gigante de Arroyito el sábado 23 de agosto solamente iba a ser recordado por los memoriosos debido a era el primer clásico que jugaría Angelito Di María luego de su regreso al club de sus amores. Y Fideo, que está acostumbrado a hacer goles bellísimos e imposibles, no se resignaba a ser un simple partenaire en su propia su fiesta. Manifestó en innumerables ocasiones que su sueño era jugar nuevamente el clásico, hacer un gol y ganarlo.
Se activó en el segundo tiempo luego de una primera etapa extremadamente chata y aburrida en la cual mostró lo que venía mostrando hasta ahora: nada de nada debido a su readaptación al balompié vernáculo. A paredes los diez minutos de la parte complementaria se vio lo mejor de Angelito en Central ya que dejó la banda derecha cerrándose hacia el medio para tener más contacto con la bocha.
Era un partido perfectamente olvidable hasta los treinta y seis minutos del segundo tiempo pero el destino, alguna deidad superior o las ganas de Fideo tenían otro planes. Lo que se vivió a partir de ese momento parece escrito desde la tercera bandeja por el inolvidable e inefable Roberto Fontanarrosa, un Canalla de ley si los hay.
Tiro libre para la Acadé a treinta metros del arco defendido por Juan Espínola, partícipe necesario de esta obra de arte para darle más belleza y espectacularidad a la secuencia que siguió, la provocación de Véliz al arquero rojinegro, el pedido de Ibarra a Di María, las dudas de la gente sobre las intenciones de Angelito que se disiparon rápidamente al besar la bocha aunque no se mostraban plenamente convencidos de que patee directamente a la meta del guardavallas guaraní y el número 11 que ejecuta la falta magníficamente para sacarle las telarañas al ángulo izquierdo del arco de Génova mientras El Heredero le gritaba el gol a Espínola y se desataba el delirio en los hinchas centralistas.
Fideo inició una loca carrera hacia Cordiviola, pasó por la popular de Génova y terminó en el codo de Avellaneda, fue un sprint de ciento veinte metros a toda velocidad en el cual tuvo tiempo de revolear la camiseta por los aires mientras Coronel la levantaba del piso y se la mostraba a los jugadores de Newell’s con todos sus compañeros corriendo detrás de su figura. Esa imagen podría ser tranquilamente la portada de Band on the run, el maravilloso disco de Paul McCartney.
El festejo fue digno de un campeonato aunque ya se sabe que el clásico rosarino es una estrella sin título. Se necesitaban trescientas cámaras para captar todos los detalles que ocurrían mientras Angelito realizaba un sprint inolvidable celebrando la obra de arte que terminaba de realizar. Fideo inmortalizó un clásico que pintaba para ser uno más pero que gracias a su pie izquierdo tiene nombre y quedará grabado para siempre en la memoria colectiva auriazul: el Fideazo.

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El 2 a 1 con goles del Puma Rodríguez y Galloni, digno de destacar porque arrancó perdiendo y lo dio vuelta. Jugando contra un rival que venía de ser protagonista en el fútbol argentino. Para mí, pesa mucho más aquella victoria que cualquiera de los Malcorrazos. Al menos es lo que siento.